sábado, 3 de agosto de 2013

Merina, Roberto García Cela

Ilustración, Carlos Rodón


1

—Que les den por el culo. Pero no una. Muchas veces.

Entró a la casucha y cerró la puerta para evitar que escapase el calor. Dentro, la falta de ventilación empañaba los cristales de un vapor grasiento que se elevaba desde la comida que se cocinaba en la lumbre. Animados por las burbujas del hervor, en la olla flotaban dos pedazos de tocino, patatas y unas pencas de verdura. Removió la mezcla con una cuchara de madera, rebañó la espuma que se agarraba a los flancos del recipiente, sopló dos veces y la probó. 

—Qué sabrán ellas. Panda de hijas de puta malparidas. 

Dejó la cuchara a un lado y se sentó en una silla frente a la chimenea. Tres leños ardían vigorosamente, prendidos al regresar con el rebaño después de un día de mucho caminar en busca de pastos adecuados para las ovejas. La lluvia y el frío habían aguachado la mayor parte de la vegetación, convirtiendo las laderas en las que solían pastar en correderas acuosas donde los animales no querían permanecer. En esas circunstancias, dos tareas eran esenciales: mantener la cohesión en el ejército que gobernaba; y evitar que alguna descarriada entrase en las parcelas sin delimitar de los vecinos del pueblo, en las que el terreno era firme y la hierba más vigorosa. 

El perro no contribuía. Viejo y desanimado, cumplía con énfasis rutinario la faena encomendada. Lejos quedaban los tiempos en que correteaba ladrando y mordisqueando nervioso las pezuñas de los animales. Incluso al recibir alguna coz ocasional, se dejaba golpear, perdiendo el respeto de sus subordinados ovinos. 

—Nadie se ríe de mí. 

Él era el único que no disponía de ningún terreno porque su ocupación así lo exigía, lo que le convertía, a ojos de la población de la aldea, en un despojo a merced de la caridad de sus vecinos o de las bondades de la naturaleza. Pero no era así. Ellos también le necesitaban. Nutrían sus despensas con el queso que producía, rellenaban sus colchones con la lana que él trasquilaba y, ocasionalmente, recurrían a él para domeñar las malas hierbas que crecían en sus campos. Aun así, esas circunstancias no bastaban para evitarle las burlas y los comentarios despectivos. 

Cortó unas rodajas de embutido con la navaja de muelle que heredó de su padre y se las llevó a la boca. Masticó ensimismado, acompañando la carne cruda y especiada con pedazos de pan negro.

Vivía sin más compañía que sus animales y las pulgas. Dormía en un colchón brillante de la mugre, orinaba en una bacinilla descascarillada y se lavaba en una jofaina los días de fiesta. No tenía letrina ni falta que le hacía; desalojaba las necesidades mayores en una esquina del establo, como su padre y su abuelo antes que él. Por higiene, dejaba en el exterior las albarcas, cubiertas de barro y cagarrutas.

—Una buena verga es lo que necesitan.

Cómo las odiaba. Gustaban de hacerse las encontradizas por los caminos que él recorría habitualmente. Esa misma tarde, una de ellas, con las curvas de mujer más acentuadas que sus amigas, buscó su atención contoneándose sinuosa y se atrevió a lanzarle un beso con la palma de la mano. Rieron en voz queda, conteniendo los bufidos del recochineo, sin ser conscientes de que él las escuchaba a pesar de los tilines y los tolones de los cencerros.

Escupió en la lumbre. El gargajo chisporroteó y se evaporó.

Un día tras otro se repetía la misma emboscada. Y él, de reojo, sin mover la cabeza, examinaba con sus ojos azules la tensión de los delantales bajo la presión de los pechos y el temblor de sus culos generosos al acelerar el paso; aspiraba el olor a mujer que desprendían y deseaba no escuchar la musicalidad de sus risas. Apremiaba el paso y huía, breando a palos a las ovejas para que mantuviesen su ritmo.

Retiró la olla del fuego y dejó que el caldo reposara.

Tenía tiempo antes de cenar. El suficiente para hacer una visita al establo.

Salió de la casita iluminado por un farol de mano. Caminó descalzo, sin percatarse de las piedras que se clavaban en los gruesos callos de sus pies. Las ovejas balaron intuyendo su presencia y, más allá de la cerca que rodeaba sus dominios, un perro respondió aullando a las estrellas.

Abrió la puerta que protegía al ganado de las inclemencias del clima; también de los escasos depredadores que podían causarle algún disgusto. Hacía calor en el interior. Recibió con agrado el hedor sebáceo de la lana y las heces que cubrían el suelo como un manto de pelotillas negras. El perro, enroscado junto a una pared, elevó el hocico, olisqueó sus intenciones y se escabulló al exterior.

Los animales se removieron, observándole con las testas gachas y la luz reflejándose en sus estúpidos ojos negros. Agarró la vara que reposaba colgada de una alcayata. La agitó dos veces en el aire. La masa ovina se apartó como una milicia bien entrenada, creando un pasillo que conducía al fondo del establo.

—Buenas chicas.

Pasó entre ellas tanteando con el palo, fustigando a alguna que se atrevía a interponerse en su camino, hasta alcanzar un redil de unos pocos metros cuadrados que construyó un año atrás.

—¿Cómo estás hoy, Merina?

La oveja que mantenía aislada pateó el suelo con sus pezuñas traseras e hizo vibrar su lana desenredada y límpida. Se alimentaba de una pila de forraje fresco.

 —¿Me has echado de menos?

La única respuesta que obtuvo fue un balido agudo y prolongado, suficiente para él.

Abrió la cancela que la separaba de las demás. Arrodillándose a su lado, sin prestar atención a la inmundicia pastosa que se filtraba en el tejido de su pantalón, acarició el vientre abultado, buscando los movimientos gestacionales. Al advertirlos empujando contra la palma de su mano, sonrió.

—El pequeño es muy activo. Será una cría sana.

Se incorporó, desanudó el cinturón que rodeaba su cintura y dejó caer los pantalones hasta los tobillos. Miró al techo, apoyó las manos en las patas traseras y se aferró a las hebras de lana para evitar que la oveja se moviera.

—Mi Merina.

Con un empujón de su cadera, se olvidó de la rabia y el desprecio.

2

Sentado en un peñasco, con el perro ovillado a sus pies, vigilaba el rebaño esparcido bajo los castaños que clavaban sus raíces en la falda de la colina. Contaba las ovejas de forma automática, sin que participase ningún acto volitivo en el cálculo. Diecinueve animales. Uno menos que el otoño pasado. Diecisiete hembras y dos machos. Uno menos que el año pasado. Veinte era un buen número. Fácil de guardar, cómodo de alimentar. Diecinueve no estaba mal. Pero veinte estaba mejor. Ya no podía dar marcha atrás a los hechos.

—¡Ale! ¡Haz tu trabajo! —le dijo al chucho, propinándole una patada para que forzase el regreso de un ejemplar joven que se empeñaba en alejarse del grupo. El perro bostezó y le miró como pidiéndole permiso para continuar la siesta. Un segundo puntapié le decidió a cumplir su tarea.

Mientras seguía los esfuerzos del perro para reunir el ganado, sacó la navaja de muelle y la abrió, haciéndola relumbrar al sol. 

El tiempo pasaba deprisa. Parecía que fue hace unos días cuando la hoja atravesó la gruesa piel del tercer macho y se hundió entre las costillas, suave como la mantequilla, pinchando el corazón. Falleció a sus pies, desangrándose por el hocico y sin cerrar los párpados, estúpido hasta la muerte. Contó con los dedos de la mano las lunas llenas que habían transcurrido desde entonces y lo tradujo a meses. Cinco meses. Ciento cuarenta días de celos calmados con la vida del profanador.

—¡Por allí, estúpido! —gritó al perro que, despistado, no se percataba de que la oveja volvía a las andadas y se escabullía por el riachuelo que afluía desde la cumbre. Pronto tendría que encontrar un reemplazo, pensó mientras escupía en la junta de la navaja.

Aquella noche perdió la cordura. No pudo aguantar la visión de su preciosa Merina cubierta por un macho grandullón y enérgico que había saltado la cerca que la cuidaba de hechos como aquél. La embestía sin consideración, apoyando las pezuñas sucias en su lomo, manchando la preciosa lana que él cuidaba y desgreñaba cada noche después de hacerle el amor. Ella, su Merina, se dejaba hacer, sumisa ante el macho dominante. 

Al reventarle el ventrículo derecho, no pensó en números. No pensó en nada. 

Simplemente, se volvió loco de celos.

3

Esa tarde, de vuelta en su cabaña, escuchó un balido desgarrador proveniente del establo.

Cogió la escopeta de postas y salió corriendo en paños menores, dispuesto a meterle una docena de perdigones al zorro que merodeaba por los alrededores las últimas semanas. Tenía que haberle acertado el día anterior. Pero son alimañas escurridizas y se escabulló entre los matorrales antes de que pudiese recargar. No fallaría otra vez.

Abrió de golpe la puerta  y apuntó al interior, buscando el pelaje rojizo, la cola gruesa y espumosa que les caracterizaba. 

No era un zorro. 


Era el momento que tanto había esperado.
Dejó caer el arma y corrió al fondo, abriéndose paso a puñetazos. Se horrorizó al contemplar el desastre.

—Mucha sangre. ¡Hay mucha sangre!

Su Merina, recostada, respiraba con dificultad. Un charco de líquido espeso se empantanaba bajo sus ancas traseras. El vientre se expandía con el movimiento del interior. Algo iba mal. 

Espantó las moscas que le correteaban por los ojos oscuros y le acarició el morro.
 
—Voy a buscar al médico. Aguanta, mi Merina. Ya viene.

Recogió la escopeta y se precipitó por la cuesta que le llevaría al pueblo.

En su pecho coexistía la alegría y el miedo. Se centró en el miedo para infundir más velocidad a sus piernas.

4

Encañonado, el médico del pueblo conducía por los caminos llenos de piedras, atento a no meter la rueda en alguna zanja de barro. El vehículo traqueteaba y resollaba ascendiendo la cuesta. 

—No hace falta que me sigas apuntando con eso. Se te va a disparar en un bache y me vas a matar.

El pastor siguió el consejo del hombre. Necesitaba su ayuda. Un accidente es lo que menos le convenía en ese momento. 

El médico se atusó el bigotillo, nervioso, e intentó razonar con él.

—¿Qué es tan urgente para sacarme de mi propia casa a punta de escopeta? ¿No podías haber esperado a mañana?

—No.

—Vives solo, por el amor de Dios. Te habría tratado en mi despacho. Allí tengo más instrumental que lo poco que llevo en el maletín.

—No.

—¿Te das cuenta del lío en que te has metido si mi mujer no me hace caso y avisa a los guardias?

—Sí.

—Cuéntame entonces para qué me has traído.

—Le necesitamos.

—¿En plural? ¿Quiénes me necesitáis?

—Conduzca con cuidado o terminaremos varados.

El hombrecillo volvió a prestar atención a la senda y esquivó por poco un tronco cruzado en su recorrido. No iba a sacarle más información, así que decidió callar y conducir. Faltaba poco para terminar el ascenso y entonces se aclararía el misterio.

 
5

Aparcó y se apearon del vehículo. El médico abrió el capó para que el motor se refrigerase y se elevó una columna de humo grisáceo. Cogió el maletín del asiento trasero y se dirigió a la entrada principal de la cabaña.

—Allí no —le dijo el pastor.

—¿Cómo?

—Venga conmigo.

Recogió un farol, lo encendió y le guió hasta el establo. Los dos hombres escucharon los balidos que provenían del interior, desgarradores. El médico se detuvo.

—Espera, espera. ¿Tengo que tratar una de tus ovejas?

—Sí.

—Soy médico. No atiendo animales de granja.

El pastor elevó el cañón de la escopeta y le apuntó a la cabeza.

—Si deja morir a mi Merina, le levanto la tapa de los sesos. No bromeo.

El doctor palideció y alzó la mano libre buscando apaciguarle.

—Tranquilo. Baja el arma. Vamos a verla.

—Por aquí. Dese prisa.

Ambos entraron en el cobertizo. Un olor denso y agrio, a sangre coagulada y mierda de oveja, les rodeó. 

—Al fondo. Pase usted delante, yo le alumbro —ordenó, dejando la escopeta apoyada en una pared y recogiendo la vara, que agitó sonoramente. 

Los animales se retiraron, obedientes. Se acercaron al redil en el que desfallecía la oveja. El perro zigzagueaba entre sus piernas, curioso. Un latigazo de la fusta le impulsó a desaparecer con un aullido de dolor.

—¡Por todos los Santos! —exclamó el doctor ante la vista de la enorme balsa de sangre en la que reposaba la oveja.

—No necesito los favores de ningún beato. Necesito que haga su trabajo. 

—Pero... pero, no soy veterinario. En el pueblo de al lado hay uno.

—Haga su trabajo —repitió amenazante.

Algo en su mirada le indujo a remangarse, acuclillarse y abrir el maletín para coger unas pinzas y un rollo de gasas. Indeciso, examinó al animal, esforzándose en equiparar sus conocimientos de anatomía humana con la constitución y disposición de miembros que se morían delante de él.

—Lo primero es detener la hemorragia. Voy a necesitar tu ayuda. Introduce estas gasas por la vagina y presiona con fuerza hacia las paredes. Va a ser necesaria una cesárea. Si sale por el canal del parto, morirá.

—¿Qué es una cesárea?

El doctor sacó un bisturí del maletín y lo sopesó, mostrándoselo. No hicieron falta más explicaciones.


—Si muere... —amenazó el pastor.
—Es un riesgo que tenemos que correr. Si no lo hago, perderás también la cría.

—Mi Merina —masculló apesadumbrado—. Hágalo. 

—Presiona fuerte. No pares hasta que yo te lo diga.

Así lo hizo. Metió la mano por la hendidura que el médico llamaba vagina y que le había procurado tantos momentos de placer. Cuando entró en su interior y apretó como le había indicado, un chorretón de sangre le empapó el antebrazo. Miró al médico, asustado, y éste asintió. 

—Vamos allá —susurró el hombrecillo, dibujando en el aire la línea que iba a recorrer con el bisturí.

El pastor no dejó de presionar. La cascada de sangre que se despeñaba por su codo no cesaba. En el momento en que el médico clavó la hoja en la carne, cerró los ojos. No se sentía con fuerzas para ver como se hendía el delicado trazado de piel y pezones que acarició esa misma mañana antes de salir a cumplir sus obligaciones. 

El berrido del animal se prolongó, inacabable, hasta que el bisturí finalizó la incisión.

De repente, se hizo el silencio. 

Solo se escuchaban las pezuñas de las diecinueve ovejas chocando entre sí.

—Ayúdame aquí. Voy a abrir el saco amniótico. 

—Ya no sangra.

—Está muerta. Si no sacamos la cría, también morirá. Abre el vientre y mantenlo sujeto o se asfixiará.

El pastor siguió sus instrucciones, anonadado, y cerró sus dedos en torno a la carne caliente, aspirando la fetidez de las vísceras que humeaban al fondo de la cavidad abdominal.

—Eso es. Vamos allá. Muy bien. Ya la tenemos aquí.

El doctor introdujo las manos en el cúmulo de placenta y líquido amniótico y extrajo la cría con un sonido de ventosa húmeda.

—Perfecto. Está...

No pudo terminar la frase. Contuvo la arcada y soltó la cría sobre el lecho de forraje.

—¿Qué hace? ¡Va a hacerle daño!

El hombre se agachó a recogerla, sacó la navaja y cortó el cordón umbilical. Después se repantigó, apoyándola contra su pecho, esquivando las coces débiles, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

—¡Por Dios! ¡Por Dios! —balbuceó el médico dando un paso atrás. Chocó con la cancela y la abrió entre temblores.

—¿No es una preciosidad? Mi pequeña.

El doctor trastabilló. Las ovejas se retiraron a un lado, obedientes, y cayó de espaldas.

El pastor se levantó y se acercó a él. La sonrisa desmesurada de su rostro era demencial.

—¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡Es mía! ¡No se quedó preñada del otro, sino de mí! —comenzó una serie de sollozos de alivio—. No se quedó preñada del otro.

La sujetó de las patas delanteras y se la mostró orgulloso.

—Se parece a mi Merina, doctor.

La cría agitaba las patas, rematadas por apéndices parecidos a manos. Abrió la boca de labios carnosos y emitió un quejido de bebé que finalizó con un balido agudo. Y lloró. Lloró contrayendo el hocico chato como una nariz humana mientras abría y cerraba los dedos rematados con uñas negras y gruesas, mirando sin distinguir lo que le rodeaba con sus grandes ojos azules sin pestañas.

—También se parece a mí, doctor. 

La acunó y se sentó a su lado, limpiando de cuajarones de grasa la lana aún escasa.

—Es un bebé precioso.

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